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La historia de Petrona Martínez, la reina del bullerengue

La historia de Petrona Martínez, la reina del bullerengue

Santa Petrona del bullerengue

El arroyo, el bendito arroyo de Lata, corre pegadito a Malagana. Al pie de sus aguas cantaba Petrona Martínez una mañana de agosto de 1984, mientras sacaba arena y lavaba ropa a manduco limpio.


No es difícil imaginarla de nuevo en ese arroyo, en el bendito arroyo de Lata, allá en Malagana, al sur de Bolívar, tan desprevenida ante el talento infinito de su voz cimarrona. "Y vea usted, niña, ese arroyito es el mismo que pasa por mi casa, allá en Palenquito. Allí me descubrieron para que le cantara al mundo hace treinta años y al pie de ese arroyo es que me pienso morir, eso ya lo decidí, cantando, feliz, mis bullerengues".
No es difícil imaginar a Petrona en ese patio de Palenquito cocinando para los suyos. Lavando en el río a manduco limpio y haciendo blandas esas faenas pesadas con la autoridad de su voz. No es difícil imaginarla cociendo en su máquina -acaso uno de los pocos lujos que se ha permitido con el dinero que le ha dejado la música- las polleras de sus nietas y biznietas (cuarenta nietos y siete bisnietos), esas que ahora dicen querer seguir los pasos que fundara, hace más de un siglo, la Petrona cantadora.  
Joselina Llerena, una de sus hijas, y que a veces acompaña en el coro las presentaciones de su madre, es de las que cree que la vitalidad de esta matrona, la vitamina que le permite seguir tan alegre y cándida a pesar de su edad, es precisamente que nunca se ha alejado de sus tradiciones: "Mi mamá -confiesa Joselina- nunca se ha enfermado de vanidad".   
"A mí nadie me echa el cuento cuando se trata de sembrar una yuca, un ñame o un maíz. No me duele el brazo para alzar el machete y cortar un palo pal' fogón. A todos les digo, déjenme ser feliz en mi casa, en mi patio, con mi negro Tomás y con mis nietos".
Pero, viéndola sentada en esa silla en Barranquilla, uno siente que Petrona no ve la hora de subir a la flota para llegar a Palenquito y seguir al tanto de sus gallinas, de sus marranos y de sus cultivos. Para recoger con sus manos los manguitos a punto de caer del árbol.
Ni siquiera esos buenos tiempos han impedido que Petrona deje de sentirse más campesina cimarrona que cantante ilustre. Hace años, un alcalde de Cartagena quiso enamorarla con la idea de tener una casa en esa ciudad para que ella se desplazara con su familia hasta allí. En otra ocasión varios músicos le han llegado con palabras de ilusión para que se instale definitivamente en Bogotá, para así garantizar nuevas giras y conciertos. Y otros más han pretendido endulzarle el futuro con la posibilidad de una vida de lujos en Estados Unidos.
En ambos casos, la matrona enfrentó la noticia con un sonrisa calma; "qué bonito", alcanzó a decir en la primera nominación. "Es que en la vida hay tiempo y hay tiempitos. El primero es cuando nos llegan las cosas en abundancia, como los aplausos y los reconocimientos. Los tiempitos son esos días en que aparece la enfermedad y la falta de alimento".
El 'Compae Goyo', como lo llaman todos, asegura que "más que las músicas negras del Caribe, lo que recoge Petrona Martínez con su poderosa voz es el legado del África ancestral en nuestras tierras. Cuando Petrona canta un bullerengue o una puya nos devuelve en el tiempo al África que vivía sus rituales y cantos espirituales de la siembra y la cosecha con danzas. Sólo que Petrona lo vive y lo reivindica como una fiesta". Eso bien lo han entendido los señores de la Academia Latina de la Grabación, que la nominaron en dos oportunidades a los premios Grammy; primero en 2003 con Canta bonito, y en 2010 con Las penas alegres, en la categoría de mejor álbum folclórico.
El público arde bajo el mismo aplauso: "...Déjala venir a su tierra santa, déjala venir a su tierra santa, Petrona Martínez, caramba, bonito que canta"...  Cerca de tres décadas dedicada por completo a la promoción del bullerengue hacen de este un tributo más que merecido para Petrona. Una matrona que en palabras de Guillermo Valencia Salgado -veterano folclorista monteriano- ha bebido de la tradición impuesta por otras grandes cantadoras de su región como Etelvina Maldonado, Totó la Momposina, Carmen Silva, Tomasita Martínez, Graciela Salgado, Manuela Torres, Estefanía Caicedo y Martina Carmargo.   
Un nutrido grupo de artistas desfilan sobre la tarima. Pasan Víctor Segura, Catalino Parra, Pedro Ramayá Beltrán, Aurelio Fernández y Lisandro Polo. Y así está la vaina hasta que el presentador de ocasión anuncia la llegada de la homenajeada: Petrona Martínez.  
Alrededor de la tarima, y con una sensatez que no se compadece con una fiesta a la que están invitadas las cervezas y el Old Parr, propios y extraños danzan en rueda. Las mujeres batiendo sus caderas al ritmo de los tambores y los hombres resbalando sus sombreros de paja a los pies de sus parejas.  
Oteando desde un rincón de la plaza lo que sucede en este lugar es más sencillo de entender: se trata de una noche en la que suenan a placer flautas de millo, gaitas cortas, gaitas largas, palmas de mujeres respondonas y el quejío de los decimeros. Una auténtica fiesta de polleras y velas encendidas. 
Mabel Zúñiga, jefe de patrimonio y turismo de la Secretaria de Cultura de Barranquilla, aproxima una explicación sobre lo que este espacio significa para el pueblo currambero: "Es un encuentro con los valores culturales autóctonos del Caribe, una forma de preservar las raíces folclóricas de la región y varias de sus expresiones, entre ellas la Rueda de Cumbia". 
Le llaman la Noche del Tambó. Es viernes y la brisa en Curramba, la bella, se mide en fuerzas con el golpe de cueros que retumban en la Plaza de la Paz, escenario barranquillero que año tras año acoge este evento, que ya llega a su décimo séptima versión, y es preámbulo de los ardientes carnavales de La Arenosa.  
La Noche del Tambó
La negraza de mirada de aceituna a veces se pregunta qué tiene su música que logra exaltar de tal manera el espíritu. Vaya usted a saber: "Yo lo único que hago es cantar los ritmos que conocí desde niñita, allá en San Cayetano -donde nació en 1939- las mismas cumbias, las mismas chalupas, las mismas puyas, los mismos fandangos, los mismos porros, el mismo y delicioso bullerengue"... 
Imposibilitada para volcarse a las calles de la gran ciudad con su carácter de campesina insobornable, prefirió prender el televisor mientras llegaba el momento de cantar. Se propuso entender, a su manera, la novela que estaban transmitiendo. Al final acabó con los ojos bañados en lágrimas. Es que el amor, dice Petrona, es un sentimiento que a veces no necesita de palabras.  Lágrimas como suelen resbalar por sus mejillas cuando sus shows en esos países termina y la gente de lenguas variopintas que ha ido a verla aplauden con ganas de más.
Petrona es la voz líder y lo integran además dos coristas, un bombardino, dos gaitas y tres tambores. Su voz ha sonado en Marruecos, lo mismo que en Buenos Aires. Se ha encerrado para grabar su música en estudios discográficos de París y de Londres.  Y de esos viajes ha guardado anécdotas inolvidables en su mochila de trotamundos. Como la vez en que, encerrada en una habitación de hotel en París, se vio obligada a ver una novela "en un idioma maluco".
El último parte médico dio a conocer que aún se encuentra en UCI, pero estable, que un ACV Isquémico está en estudio (Accidente Cerebrovascular Isquémico), ya está conversando y ya presenta movilidad en el cuerpo.
Ahorita mismo, la reina del bullerengue -bautizada así en honor a ese aire Caribe que ella ha paseado por todo el planeta- permanece en la Clínica Bocagrande bajo observación médica en la Unidad de Cuidados Intensivos.
Y entonces, tocada por la providencia infinita de su talento, fue por más, y junto a otros músicos silvestres, extraviados como ella en las faenas de la tierra, parió la agrupación Petrona Martínez y los tambores de Malagana. Y desde ese tiempo, niña, no he parado en la música un solo día. Ya ve, nunca me arrepentí, siempre he creído que lo que conviene a casa viene. 
La negraza se había acostumbrado a ganarse la vida vendiendo cocadas en Malagana, Mahates, Sincerín y San Cayetano, dejando impecables las ropas ajenas sobre los ríos de Montería y esperando con paciencia los días de mayo, cuando los mangones dejan sobre el suelo la hojarasca de frutos dulzones que ella recogía para vender. ¿Qué podía perder entonces si se paraba a cantar en las fiestas? ¿Qué de malo tendría uno que otro aplauso en los pueblos vecinos? Petrona probó y le gustó.
La negraza de ojos verdes, a esas alturas, ya ajustaba cuarenta y tantos, tenía siete hijos y nunca había pasado una noche fuera de la cama de Tomás Enrique Llerena, ese esposo de espaldas anchas, tan trabajador como ella, que un día le prometió amores y ese castillo de palma amarga y bahareque que compartían desde hacía años en Palenquito, un rinconcito ubicado a diez minutos de San Bacilio de Palenque, sobre las faldas de los Montes de María, donde esta matrona del folclor vive todavía y del que se resiste a salir a pesar de las obvias tentaciones de la fama. 
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PUBLICIDADDe ese acaudalado pasado musical y ancestral vino a enterarse Marcelino mucho tiempo después, cuando por fin logró el sí de Petrona para acompañarlo con su voz en los Soneros de Gamero. 
Gustavo Tatis Guerra, periodista cartagenero, dice por eso que Petrona no da vueltas para hacer una canción: "Puede cantarle a los doce patos que tiene en el patio, a las hojas del mango que han comenzado a caerse en verano, a la tristeza del tamarindo. Los motivos parecen escogerla a ella para hacer de un episodio minúsculo una canción".  
Fue de esas negras que aprendió que no era necesario tener muchos libros en la cabeza -a decir verdad, ni siquiera saber leer y escribir- para componer. La música en su familia era tan natural como respirar. Bastaba con saber interpretar las necedades del clima y las penurias y alegrías de los habitantes del pueblo para tener una canción necesitada de ser bailada y entonada.  
Así lo había aprendido de la bisabuela Carmen Silva y de la abuela Orfelina Martínez, doctoradas en hacer de sus labores domésticas verdaderas fiestas del bullerengue. Cantaban mientras barrían, mientras pelaban yuca, mientras hervían el ñame a fuego alegre en el fogón. Y a su manera lo hacía también Manuel Salvador Martínez, 'Cayetano', autor legendario y un papá parrandero que se pasó años enteros rodando de pueblo en pueblo al son de décimas y puyas gozonas. 
Cerca de allí -en Gamero, Bolívar- andaban a la caza de vocalistas para integrar un nuevo grupo folclórico. Marcelino lo sabía. Petrona, en cambio, cantaba sin pretensiones, nada más para aplazar el tedio y los apuros de su pobreza campesina. 
Un músico cimarrón que pasaba cerca, Marcelino Orozco, alcanzó a escuchar aquel lamento vigoroso y lo dibujó instantáneamente sobre una tarima, acompasado con tambores de amarres, bombardinos y gaitas indígenas.


FUENTE: http://www.elpais.com.co/entretenimiento/cultura/la-historia-de-petrona-martinez-la-reina-del-bullerengue.html

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